28.11.07

Demasiado sexo, escasa autoridad.

Un amigo me ha pasado este artículo de: www.elconfidencial.com (14/11/2007)
Una de las mayores paradojas de nuestro tiempo es que casi nadie está a gusto con los valores dominantes, como el culto a lo efímero, la ausencia de autoridad o el situar a la sexualidad en primer plano, pero éstos continúan triunfando: los medios abogan por ellos, se utilizan en la publicidad y dominan también la vida privada. Lo que tiene consecuencias psíquicas, que Antoni Talarn, psicólogo clínico y profesor en la Universidad de Barcelona, analiza en Globalización y salud mental (ed. Herder) un texto en el que se compilan aportaciones acerca del narcisismo, la depresión, la sexualidad o las adicciones al móvil o a Internet, en tanto que fenómenos sociales que cobran expresiones especiales en nuestra época y en los que quedan reflejadas las consecuencias individuales de un mundo que rinde tributo a la novedad, al cuerpo,! a la productividad desmedida, etcétera.
Para Talarn, las secuelas aparecen en muchos ámbitos. "En el plano individual nos sentimos presionados y solos. En el familiar nos sentimos inseguros y en el colectivo vivimos la anomia social". Aunque la característica más evidente sería que "estamos en una sociedad de mucho paso al acto y de poca reflexión: parece que la gente no tiene tiempo para pensar". Lo que nos acabaría llevando a un mundo de urgencias y de presión: "como ahora los procesos se pretenden rápidos y exitosos, cuando no es así, cuando se fracasa o se tarda en conseguir lo que se pretende, aparece el desencanto, la depresión o la medicación, para paliar lo que la mente no puede hacer por falta de tiempo, de recursos y de diálogo". Por último, y como consecuencia más relevante de este entorno de rapidez y exigencia, estaría que "la autoestima depende de factores externos, no de los internos. Entre el ser y el tener, que decía Fromm, ha ganado el tener: imagen, estatus, formación, etcétera". Así, "la sociedad se está empobreciendo desde el punto de vista psicológico".
Y el ámbito en el que más se dejan sentir esos cambios es el de una intimidad cada vez más frágil. En ese sentido, las transformaciones operadas en la sexualidad son representativas: "La sexualidad siempre ha estado ahí, y de manera primordial. Pero ahora, como el cuerpo, lo es todo. Se la ve como una exploración más, sin otro significado que la acción en sí misma. Tampoco se trata de volver a la sexualidad de antaño, pacata y sólo vinculada a la concepción, pero hemos pasado de la represión a una pseudoliberación, que quiere equiparar el acto sexual a cualquier otro acto humano". La verdadera liberación, para Talarn, sería poder vivirla en plenitud, "exenta de moralina pero también de presión ejecutiva", y no esta "sexualidad a la pata llana, que termina creando en los más jóvenes tremendas ansiedades individuales y grupales y en los adultos, una sexualidad consumista y valorada en lo material (tamaño, número). Y es que prácticamente se equipara la sexualidad a! lo porno. Los ancianos se medican para rendir más, el consumo de pornografía y prostitución no para de crecer..."
La familia tampoco logra evitar la influencia de estos tiempos exigentes. Según Toni Talarn, se la continúa valorando mucho, como demuestran todas las encuestas, "pero como plataforma de lanzamiento. Ya no da una identidad ni una confianza plena en el futuro. Hay algo positivo en ello y es que se acaba con privilegios heredados. Pero también negativo, porque nos deja solos ante el mundo, ante nuestra propia vejez; por ejemplo, ya no nos cuidarán los hijos". Igual le ocurre al matrimonio, "que ahora se va a pique por casi nada. Ya sólo nos tenemos a nosotros mismos. Buscamos agarres, que son ahora líquidos, temporales, transitorios y mudables".
Más estrés, nuevas inseguridades
Las transformaciones también alcanzan a la figura del hombre, a quien se exigen nuevos roles, especialmente en la casa. De una parte, "ha pasado de ser el cabeza de familia a ser uno más, en pie de igualdad con la mujer". De otra, "vive atrapado en un conflicto: ser muy varonil, como le pide la sociedad (en la publicidad, en el deporte, en el cine, etc, se siguen exaltando esos valores) y luego muy democrático y tierno en el hogar. Es el mismo dilema que tiene la mujer que trabaja, dos papeles en uno". Un cambio que no resulta fácil, porque "las inercias son muy fuertes, las sociales, las educativas y las propias de la especie..."
Al tiempo, las exigencias para con la mujer (que ha de cuidar del hogar y desarrollarse profesionalmente) provocan más estrés y nuevas inseguridades. Según Talarn, "la mayoría lo lleva bien cuando son jovencitas. Pero cuando aparece el deseo de ser madre (si aparece) ahí la sociedad las pone en cuestión porque han sido educadas en criterios de igualdad y luego la calle les demuestra que no es así. El techo de cristal, la publicidad, etc. les dicen permanentemente que son menos que los hombres, que no son otra cosa que un objeto de deseo masculino. Y se hartan: tienen educación, carrera, ideas y no pueden aportar todo su potencial a la sociedad".
En su libro menciona a las muñecas Barbie como exponente de una mujer "supuestamente ideal, bella y triunfadora". En ella se darían los rasgos de "culto a la imagen, primacía de lo efímero, lo novedoso y lo cambiante; el elogio de la perfección, de la productividad; la mitificación de la juventud, del individualismo y la uniformidad". Es decir, que la Barbie pasaría de ser un objeto con el que las niñas jugaban a una imagen con la que fantasean las mujeres o los hombres adultos. Para Talarn, "es un modelo a imitar, algo que se quiere llegar a ser. De ahí que sus complementos recreen todo un mundo de posesiones: joyas, ropa, coches, barcos, etc, etc... Sí, las niñas quieren ser como Barbie: delgadas y triunfadoras. Barbie es más que un juguete, desde luego. Sólo hay que ver las pasarelas actuales. Mucho rollo con el control del peso pero en realidad es más de lo mismo. Es un patrón que no cambia".
Cómo ejercer la autoridad
Por lo que, finalmente, Talarn se pregunta cómo ejercer la autoridad bien entendida en una sociedad así. Porque, además de que los valores por los que se rigen nuestras comunidades no sean los más adecuados para el desarrollo del ser humano, la renuncia a imponer un orden está produciendo multitud de síntomas, individuales y sociales. Talarn asegura que, en esa tarea, resulta indispensable "poner límites a aquello que los necesita. Hay que dar a entender a los niños (o a la gente) que no todo es posible o alcanzable, utilizando criterios realistas explicados con el diálogo; o con la imposición cuando es necesario. Es muy importante recuperar el concepto de límite. También el de esfuerzo y el de constancia. Para ello, el progenitor ha de tener algunas cosas claras. Si no, mal asunto...". Pero, desde luego, no estamos en la sociedad más favorable para llevar a cabo esta clase de acciones. "Nos están vendiendo siempre que lo tengamos todo en cualquier momento, rápido, cómod! o y barato. Nos dicen 'no se prive usted de nada, sea como un crío, dese todos los gustos; sea feliz, viva sin imposiciones ni dificultades'. Y como el adulto se compra cada Navidad todo lo que puede y más, cómo le va a decir a sus hijos que no pueden tener cuatro consolas de videojuegos".
Así, llegamos a un mundo, según Talarn, "que vive en la intolerancia a la frustración y que sufre sus consecuencias, ansiedad e infelicidad. Se tiene la idea de que todo será posible ahora mismo. Y como eso no es siempre así, surgen la frustración y el desencanto. Y en los casos más extremos, la falta de respeto, de ética y la agresividad".

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